Así empezó mi propio secuestro y esta lucha interna. No fue repentino, ni desaparecí de la noche a la mañana. Sino que simplemente me quedé atrapado. El inicio incluso es difuso, no sabría especificar. Solo sé que me fui cayendo.

De pronto dejé de insistir con ciertas cosas; no encontraba que tengan recorrido ni que nadie las levantase, sencillamente quedaban regadas en el suelo. 

Invisibles.

Entendí que no había mucho lugar en la mesa, ni en sus ojos, ni en sus palabras. Sentí que el hueco que me quedaba era pequeño, lejano, casi imperceptible. Me obligue a esconderme, secuestrarme y al mismo tiempo a luchar contra ello. Todo un conflicto interno.

Allí podría estar sin molestar.

Nunca dije nada a nadie porque me sentía culpable, o hasta me avergonzaba de sentirme así, y al final me fui apagando. 

Cada tanto daba golpecitos en la pared para demostrar que aún seguía presente, aunque frágil, débil, con muy poca fuerza. Al parecer estos golpecitos empezaron a incomodar a las “visitas” y ahora resulta que alguien me busca. 

Lo curioso es que ni yo sé dónde me encuentro, incluso no recuerdo bien cómo hablar. Hasta tengo miedo de ser encontrado.

Pero algo dentro de mí tiene muchas ganas de volver a existir.

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