Desde el duelo colectivo a la perdida individual

Con la noticia del descenso del Real Zaragoza (https://www.realzaragoza.com/videos/como-explicarlo-que-es-ser-del-real-zaragoza) puede notarse cómo este impacto cala profundamente en gran parte de la sociedad local. El tema aparece por todos los rincones, hasta en los lugares más insospechados. Pero lejos de buscar culpables, me parece interesante tomar este suceso popular para pensar el concepto de duelo, que tanto trabajamos en terapia. Creo que, tomando como algo ilustrativo la pérdida de categoría de este club, podemos contactar con las sensaciones y emociones que todos atravesamos en nuestras propias pérdidas.

Ya el hecho de decir que se «pierde una categoría» viene casi a señalarnos que hay algo a lo que ya no se pertenece, que hemos salido de ese lugar, y eso nos empuja de golpe a una nueva reconfiguración de nuestra identidad. ¿Cómo asumimos esas pérdidas? Vivimos este proceso, por ejemplo, en la transición que atravesamos de niños a adolescentes, y de adolescentes a adultos. Vamos “perdiendo” categorías a lo largo de la vida y asomándonos a otras nuevas que nos reclaman algo distinto. En ese tránsito, se pierde la ilusión de poder mantenerse en un lugar que ya no existe; la realidad, simplemente, se impone.

Así ocurre también cuando asimilamos la pérdida de ese padre o madre “idealizado” que construimos en la infancia. Aceptando que hoy aparecen de otra manera: como seres humanos reales, vulnerables y falibles. Perder esa categoría de protección absoluta duele, pero abre paso a una aceptación mucho más madura.

A su vez, perder a un ser querido supone también perder lo que éramos con esa persona. La posibilidad de ejercer el rol de hija, primo, amigo o pareja. ¿Cómo se reinventa eso? ¿Cómo cuantificar todo lo que realmente se fue? Es un proceso por demás doloroso, donde el inventario de lo perdido se va descubriendo poco a poco en el día a día. Por eso, el dolor colectivo actual puede ser un catalizador idóneo para conectar con esos duelos más individuales y silenciosos (como la pérdida de un trabajo, una carrera, una ciudad o una dinámica familiar).

Asumir la pérdida no es olvidar, sino poder dejarse doler por lo que singularmente se perdió. Al final, el impacto de cada duelo está íntimamente ligado a la historia personal de cada uno; no es el mismo para todos. Un suceso presente puede reactivar dolores antiguos y particulares. Desde la nostalgia de pensar en cómo viviría este momento un padre que ya no está. Hasta la herida de no tenerlo al lado para compartir la llegada de un hijo o un logro importante. Son estos hitos biográficos los que nos confrontan de nuevo con el vacío, demostrando que el duelo no es lineal, sino algo que nos vuelve a tocar de forma única incluso cuando creíamos haberlo superado.

Es un camino difícil, pero a la vez es el que nos ayuda a reinventarnos en las diferentes etapas de la vida. Sentir las pérdidas, hacerles lugar y escucharlas, quizá sea la forma más genuina de homenajearlas.